jueves, 14 de mayo de 2026

MIEDO AL COMPROMISO

Todos sabemos que las relaciones de pareja no son fáciles, bien porque se acentúa la dificultad de encontrar una persona que satisfaga nuestras expectativas o un proyecto de vida compatible. Y todos sabemos que detrás del miedo a comprometerse, hay una elección que mata alternativas. Y eso duele. Cada “sí” profundo lleva escondidos muchos “no”. No a otras historias, no a ciertas fantasías, no a la comodidad de marcharse cuando algo incomoda. Por eso algunas personas no huyen de la pareja; huyen de la responsabilidad emocional que implica ser vistos de verdad. Quien no se compromete puede vivir pensando que es mejor dejar abiertas todas esas puertas para que lo "mejor" llegue por sí mismo y que siempre habrá tiempo. Corre así el riesgo de autoengañarse pensando que la vida no pasa, que todas las oportunidades que cree tener siguen ahí, e incluso, que llegarán otras más deseables. En suma, que si no se compromete con nada ni nadie su tiempo no se gasta y no se acerca su final. Observarse. Y, desde esa auto-observación honesta, comprometerse, pero que sea una elección movida no por el conformismo o el miedo, sino por la consciencia de que al asumir la finitud, eliges vivir con autenticidad. Como dice Paulo Coelho: "La libertad no es la ausencia de compromisos, sino la habilidad de elegir, y comprometerme yo mismo con lo que es mejor para mí".

lunes, 4 de mayo de 2026

LA CRITICA

La piel de los pies de los indígenas se endurece de forma natural como mecanismo de protección. Este fenómeno se conoce como hiperqueratosis (aumento del grosor de la capa externa de la piel) y es una respuesta fisiológica a la fricción y presión constantes. Imagina la piel del pie como una frontera entre el cuerpo y el mundo. No es rígida por naturaleza, pero tampoco es frágil: se transforma con lo que pisa. Si el suelo es duro, áspero y constante, la piel responde haciéndose más fuerte. No por orgullo ni por costumbre, sino por necesidad. Las críticas son, en cierto modo, como el terreno por el que caminamos. Algunas vienen de lugares útiles y nos ayudan a ajustar el paso. Otras son simplemente piedras sueltas de alguien que camina con otro mapa en la cabeza. Y muchas no dicen nada de nuestro valor, sino del tipo de suelo que esa otra persona conoce. Hay críticas que endurecen la piel de forma sana: nos hacen más conscientes. Y hay otras que solo generan callos emocionales innecesarios, porque no nacen de la comprensión sino del juicio rápido. La madurez, al final, se parece a caminar descalzo con criterio: no puedes evitar todos los terrenos difíciles, pero sí puedes aprender cuáles te fortalecen y cuáles solo te desgastan sin sentido. Y así, poco a poco, uno no se vuelve más duro por dentro, sino más sabio al caminar: sabe que no todo contacto merece convertirse en herida, y que no todo juicio merece convertirse en verdad.

sábado, 24 de enero de 2026

MIEDO A SENTIR... MIEDO A VIVIR

En una investigación de Kübler-Ross (Psiquiatra especializada sobre la muerte, cuidados paliativos y personas moribundas), donde preguntaba a pacientes en el fin de sus días sobre qué era aquello que más les había dolido en sus vidas, una amplísima mayoría reportaban de cosas que no se habían atrevido a hacer, a vivir por miedo a sentir... no del temor a que ya estaban en fase terminal y llegaban a su final. ¡Qué interesante me pareció la investigación! El miedo al miedo es el que había atrapado y paralizado a aquellos a los Kübler-Ross había preguntado en el final de sus vidas. Muchas veces, no somos conscientes que el temor a sentir, nos conduce a perdernos cosas, personas o vivencias... En definitiva, a perdernos a nosotros mismos. Y me resulta curioso; Por miedo a perder, hemos podido cambiar elecciones. Por miedo a perder, hemos podido quedarnos donde estamos y conformarnos. Por miedo a perder, optamos por el silencio en lugar de expresar nuestros sentimientos y nuestras emociones. Por miedo a perder, hemos hecho tantas cosas para no perder a algo o a alguien, que en ocasiones, han sido justo las condiciones que lo han provocado. Por miedo a sentir nos amputamos la vida. Como el propio estudio de Kübler-Ross indica, creo que no deberíamos esperar a que llegue "nuestro final" para acercarnos a recibir la belleza de la vida. Y que la verdad (hermosa o dolorosa), nos conmueva cada día y nos abra a todo lo sublime que nos rodea y nos empuje profundamente hacia nuestra propia existencia. Porque sentir implica riesgo: exponerse a la pérdida, al rechazo, al dolor. Y como el dolor asusta, levantamos muros. Nos volvemos prudentes, racionales, “fuertes”. Pero esa fortaleza suele ser una forma "elegante" de huir. Evitamos sentir para no perdernos… y en ese intento, nos perdemos a nosotros mismos. La vida no "castiga" por sentir; castiga por no vivirla. Sentir no es una debilidad, es el precio inevitable de estar vivo. Y quien no está dispuesto a pagarlo, paga un precio más caro: una existencia segura, ordenada… y profundamente incompleta. El miedo solo es un problema cuando le tenemos miedo a nuestros miedos.