
Después de pasar una tarde de este veraniego tiempo en la playa, acariciando la arena, jugando con mi “pequeña gran mujer” de siete años y mi sobrino, a quien le acompañan los mismos añitos de vida, nos disponíamos a regresar a casa, eso sí, una vez pasados por el “grifo” que arrastra los últimos granitos de arena, y conseguir así, no llevarlos a casa. No quiero hablar de lo incómodo que resulta andar por ésta pisando arena…
Una vez cogimos la dirección que nos llevaría a nuestro hogar, mi hija, gran amante de todo animal que se mueva (y no), junto a Daniel, así se llama el hijo de mi hermano, se dirigían a una terraza donde asomaba la cabeza un perro. Un Labrador, que no paraba de mover el rabo en cuanto percibió que los dos niños se acercaban. Estuvieron acariciando su cabeza durante unos segundos, hubo reciprocidad, una sensación mutua, y digo mutua, porque hasta el propio perro se levanto de su cómoda posición para entregarse a las caricias de las pequeñas manos.
Al instante, salió el “amo” del perro, y para mi sorpresa, sin decir palabra, acompañado de un gesto hostil con su cabeza, obligó al animal a abandonar la terraza, y así, renunciar a lo que estaba surgiendo. Sujetó la puerta y miró al animal con cara de enfado, cediéndo éste a su bienestar para “obedecer y cumplir” la orden impuesta. Fue como un intercambio de papeles, el hombre transformado en animal irracional y el perro, en un animal con raciocinio. Despojando a los niños de estar en contacto con el perro y a los viandantes de disfrutar con su mirada, de algo maravilloso, un “trueque” de cariño. ¿De un contacto interpersonal?
Cuando el perro fue sometido a la orden de su amo, el hombre, (por llamarlo de una manera) parecía regocijarse de su forma de actuar. Los niños, se quedaron sin poder seguir mostrando lo que sentían y el perro…lo propio. Mientras el propietario del cachorro, apoyaba sus brazos en la barandilla de su terraza mirando al frente, sin mediar palabra con los niños, sin darles una explicación para calmar sus inquietudes al sentirse “huecos” por no despedirse del “chucho”.
Me cuesta entender cómo las personas “podemos” llegar a comportarnos con el instinto animal más primitivo y descontrolado.
Recuerdo cuando estudiaba la asignatura de Historia, que los aztecas antes de la invasión española de 1519 se aseguraban los alimentos y los bienes necesarios para vivir a través de relaciones de reciprocidad y redistribución. Existía la práctica de la solidaridad y ayuda mutua entre los miembros de la comunidad. Colaboraban entre sí a cultivar y a cosechar.
La redistribución, consistía en el cobro de fuertes tributos en productos y en trabajo, eran contabilizados para determinar en qué zonas sobraban o faltaban alimentos, para luego distribuirlos en las poblaciones más necesitadas. Esto confirma el “espíritu comunitario” de los pueblos aborígenes americanos. Vivían en armonía con su ambiente, usaban de la naturaleza lo que ocupaban, en fin, “convivían” hasta que llegaron los hombres evolucionados…
El ser evolucionado (supuestamente), ese ser, que si dejara de creerse superior al resto y recordara desde su humildad más profunda ("Cuando bebas agua, recuerda la fuente") que también es un animal, el mundo volvería a su equilibrio.
Muchas, son las veces que me cuestiono si dando rienda suelta a nuestro instito más animal aprenderíamos a respetar el territorio ajeno, el respeto a otras especies, otras culturas, a no gastar lo que no necesitamos…a ser más nosotros mismos.