miércoles, 24 de junio de 2015

UN HIJO…UNA PROLONGACIÓN DE NOSOTROS

Una vez leí a Jorge Bucay argumentando bajo su perspectiva, que los hijos eran una prolongación nuestra y nunca al revés. Hasta la fecha, no he encontrado una descripción tan apropiada para bautizar semejante sentimiento.
El pasado día 23 de Junio del presente año, mi pequeña mujercita de doce años se graduaba para embarcarse en una nueva aventura en su vida, dejando atrás la Educación Infantil.
En la fiesta organizada, donde los padres éramos los invitados de honor, el centro escolar proyectaba una foto de cada alumno, una de cuando aterrizaron y una reciente. A las imágenes les acompañaba una canción, y con esa combinación, aquel salón se convirtió en un volcán de emociones donde la erupción de lágrimas salpicaba el alma de los allí presentes.
Al llegarle el turno a la pequeña cara de mi hija, filmada en la pantalla, mi corazón palpitó más rápido de lo habitual cocinándose una mezcla de alegría y nostalgia que invadieron mis entrañas. No pude evitar que los recuerdos invadieran mis ojos, llenándolos de gotas que me ayudaban a expresar emociones e invitándolas a que abandonaran su madrigueras.
Recordaba cuando me "tocaba" acompañarla al colegio cogida de aquella manita minúscula unida a la mía, fundiendo nuestra piel en una, y dejarla allí para irme a trabajar. Hoy, rememoro aquel tiempo y no doy crédito a lo rápido que se ha evaporado su crecimiento. Quizá sea porque no me he dado cuenta de que estaba pisando el acelerador demasiado. Llegando a perderme momentos tan maravillosos como la orla de mi hija, e incluso, lo que puede ser peor aún, perdiéndome yo en el tiempo.
Momentos vividos como los que percibí en la despedida de mi hija de la que fue su "casa", hacen que me dé cuenta de que hoy, quiero ser consciente de cada inhalación de aire que tomo, desacelerar el paso e intentar no perderme en nimiedades, trivialidades... Reconducir esta época de mi vida que ya me acompaña con cierto bagaje, con esta experiencia que da sombra a mi sombra, aportándole a mi hija, granos de aprendizaje fabricados en esta alma magullada, y que así, pueda forjar junto a su carácter innato, una combinación que le lleve a ser alguien que nunca le tiemble la mirada y no se aleje de sus principios, de su ética y su moral.
No me puedo despedir de esta nota, sin antes, dedicarle a su madre unas palabras de agradecimiento por allanar el camino en los valores inculcados a nuestra prolongación. Sin ella, nada de esto sería posible.
Ya lo decía Juan Luis Vives, Humanista y filósofo español: “Cuán grande riqueza es, aun entre los pobres, el ser hijo de buen padre”.




1 comentario:

Marta Jiménez Benítez dijo...

Jo, añurgadita estoy, que lindo Ale, aunque no me extraña la intensidad de tus palabras, es la que veo en tu mirada al posarse en cada una de tus hijas. Precioso texto. Un besito fuerte y enhorabuena a ti y a la madre de ese pequeño gorrión, fantástica también.