
El pasado martes, cuando al sol le restaban pocas horas de “vida”, me dispuse a abrir mi correo. Entre los e-mails que allí anidaban, se encontraba uno que destacaba por la belleza de su “plumaje”, claro que no quiero restar importancia a las demás “crías”, pero siempre una madre tiene su “ojito derecho” y eso nadie lo puede negar. Cuando “desplumé” dicho mensaje, para mi sorpresa, la directora de Guía Histórica Cultural de Telde, Conchi Vera, me pedía con todo su respeto y cariño, mi número de teléfono, para “alguien” se lo había “implorado”, sentía la “necesidad” de ponerse en contacto conmigo. Hablo de Don Antonio María González Padrón, cronista oficial de la ciudad de Telde.
Respondí al correo de Conchi Vera, introduciendo mi número de teléfono y una respuesta a su segunda petición: (No cambies nunca) con un: “No cambiaré, aunque vea cambiar los cambios”.
Esa misma tarde me telefoneaba Don Antonio González, tuve el honor de dialogar con él. Antes sólo me había tropezado con su persona, cuando pregonaba algunas de las exposiciones de mi buen tío Antonio Sánchez Cabrera (pintor y escultor de esta-nuestra ciudad de Telde).
Los “llanos” escritos que envío a todos los medios de comunicación local, con el mismo cariño y respeto, habían “mellado” la mente de nuestro cronista teldense.
Mi felicidad se multiplicó cuando Don Antonio, me comentaba que su hijo, “afincado” en Madrid, le preguntaba si conocía a quien hoy, te transmite este escrito, (lleno de orgullo pero sin “ego”). Su vástago me seguía desde la capital de España y eso no me dejó indiferente, me llena de fuerzas para seguir “golpeando el teclado”. Concretamos cita para conocernos personalmente. Tuve el honor de visitar “nuestro” museo y no sólo empaparme de toda su antiquísima historia, sino lo que para mí tiene más valor: “el ser humano”.
Recibido entre aquellas viejas paredes teldenses y los brazos de Antonio, me sentí como en casa (nunca mejor dicho). Tuve el privilegio de oír historias que aumentaban mi “dormida” cultura, pero quiero hacer hincapié que lo que más obtuve, fue el calor humano, el trato exquisito de una persona que desprende fuerza en sus palabras a la hora de contarme la historia del museo León y Castillo. Fraternidad entre su piel y las piedras que cubren la primitiva casa con “olor a hogar”.
Cuando me despedí de Antonio, me fui con mi alma ensanchada y un dolor agudo en el brazo, causado por la fuerza que hacía para sostener los libros que me había regalado desde su más sincero sentimiento. A todo esto, durante el trayecto, me acompañaba un pensamiento evidente: mis letras, mis humildes letras, no caen en balde.
Quiero agradecer públicamente a Antonio González Padrón y a todos los que me “empujan” a seguir escribiendo, por la energía que me inyectan cuando siento vuestro aliento. Hoy quiero hacer mención especial a ciertas personas que sin nombrarlas, ellas ya saben quienes son: compañeros de Servicios, Tesorería, Igualdad, Servicios Sociales, Intervención, Personal, Cultura y como no, a mi querida concejalía de Educación. Pido disculpas a aquellos olvidados en el tintero, dando gracias a todos, y al resto de los medios de comunicación, sin ellos, esto no sería posible.