
Cogido de la mano de mi pequeña gran mujer de ocho años, paseaba por la playa estrechamente vinculado a su piel. Es curioso, ésta además de protegernos del mundo exterior, nos permite comunicarnos con él.
Entrelazaba sus pequeños dedos de la mano con los míos, y ambos, sentíamos el frío que penetraba por la planta de nuestros pies, cuando a la orilla, llegaba agonizando el último suspiro de una ola.
En el trayecto, tropecé con una “amiga” y como “norma general”, nos preguntamos cómo nos iba a cada uno. Me comentaba, entre otras cosas, que regaba sus conocimientos con la carrera de Criminología, y yo, le respondí que hacía lo propio con la Medicina Tradicional China. Después de adentrarse en el camino criminológico, me argumentaba que se había alejado de la idea de un Dios creador. Por mi parte, que nunca he dejado de creer que algo superior nos “supervisa”, y una vez recalado en la medicina oriental, basada en el “chi” (energía vital), que propone que ésta regula el equilibrio espiritual, emocional, mental y físico de la persona, había acrecentado mi punto de vista con respecto a una energía Suprema. Ciencia versus espiritualidad. Lo cierto, es que hubo un pequeño debate, y lo más importante, sin darme cuenta, es que los ojos de mi hija, eran testigos del intercambio de palabras.
Una vez avanzamos, dejando atrás el “lugar del crimen”, mi retoño me preguntó:
-Papá, ¿tu amiga no cree en Dios?
En un principio, no supe qué contestarle, pero me sobrepuse al golpe que me había azotado su inesperada pregunta, y le respondí, que existían personas que no creían en Dios. Apenas se asomaba el moretón causado por el golpe de sus palabras, cuando me soltó la segunda pregunta:
-Papá, ¿las personas que no creen en Dios, son buenas personas?
Le apreté la mano que le tenía cogida fundiéndola en una, a sabiendas que no existen dos manos iguales, porque en éstas, está grabado el mapa de nuestra vida, pero sentí que en esa personita de ocho primaveras de vida, empezaban a florecer las inquietudes que a todo ser humano, tarde o temprano, llegan a anidar.
Saqué de mi archivo una respuesta que dio el Dalai Lama en una entrevista y amoldándola a su edad, le respondí, y creo que hoy, pude silenciar el ruido que hacían aquellas carcomas en su pequeña cabecita. Y como cité anteriormente, creo en esa energía Superior, y le pido fuerzas cada día, para continuar al lado de mi hija y poder calmar su sed con mis respuestas (no siempre acertadas), sabiendo que un día, debo soltar su mano.
El líder espiritual tibetano, contestó; que no importaba si no creías en Dios, pero que intentáramos ser mejores personas. ¿Y qué nos hace mejores personas? Aquello que nos hace más compasivos, más sensibles, más amorosos, más humanitarios, más éticos. Quizá ahí esté Dios.